ÁUREA DE VILLAVELAYO: LA SANTITA MÍSTICA

Áurea de Villavelayo es la otra figura femenina que, junto a santa Potamia, brilla con luz propia en la secular historia de San Milán de la Cogolla. Ambas son santas, y la santidad de una y de otra es el broche con el que engarzadas quedan para siempre en el retablo famoso de nuestra Constelación de Santos Emilianenses.

Una mançeba era, que avie nonme Oria

Áurea, Oria. «Como era preciosa más que piedra preciada nombre avié de oro, Oria era llamada”». De ella dicen las Crónicas que nace entre 1040-1043, y fijan su fallecimiento casi treinta años después. Don Gonzalo, el de Berceo, fiel traductor del monje Nuño, asegura que
«Essa Virgen preçiosa de quien fablar solemos, Fue de Villa Vellayo, segunt lo que leemos; Amunna fue su madre, escrito lo tenemos, García fue el padre, en letra lo avemos»
Villavelayo, pueblo del alfoz de Canales en La Rioja, por donde discurren los trashumantes cameranos, es la cuna de la santa niña. Hija del matrimonio formado por García y Amuña. De esta familia escribe el agustino recoleto fray Serafín Prado:

«Un día los tres, padres e hija, se pusieron en peregrinación hacia San Millán de Suso. Era, seguramente, por el mes de mayo del año 1053. Por aquellos días un gran acontecimiento movilizaba a los pueblos riojanos: la traslación de las reliquias del gran anacoreta de los Distercios desde el monasterio de arriba (Suso) al monasterio de abajo (Yuso). Especial esplendor iba a dar a la fiesta la presencia del rey de Navarra don García y de los obispos de Pamplona, Álava y Calahorra. Los tres peregrinos marcharon Najerilla abajo, por las Viniegras y Anguiano, torcieron por Villaverde (entonces Colia) y Estollo (Madriz), siguiendo el camino de peregrinos que hoy, todavía, se llama la Cuesta de Baja-romeros. Al caer el día se postraban ante el magnífico sepulcro en que reposaban los restos sagrados de san Millán desde los días de don Sancho el Mayor de Navarra.
Después de las fiestas ya no regresaron a su pueblo. Habían visto la montaña santa poblada de monjes, de ermitaños, de emparedadas; hombres y mujeres que querían seguir viviendo del espíritu del gran muerto, cuyo cuerpo reposaba allí. Y García, Amuña y Áurea pidieron también una celda o una cueva para vivir y para morir. Según la fórmula de la época, se entregaron en cuerpo y alma al monasterio del Señor San Millán».

No sorprende tal determinación, pues, como nos hace saber el maestro Gonzalo, García y Amuña, «omnes eran cathólicos, vivién vida derecha». Todo su ahínco ponen en servir a Dios a quien otorgan la preferencia en todo, motivos por los que concluye con total seguridad el poeta riojano: «Sanctos fueron sin dubda e justos los parientes».

Ovo grant alegría quando fo ençerrada
Llega la familia a la Tebaida riojana. En ella florece un monaquismo que no precisa de edificio monacal. Allá donde el eremita, el anacoreta o el monje aparecen, está el cenobio. Aquí es donde la niña de Villavelayo, iluminada e impulsada por el Espíritu Santo, solicita permiso al prior, fray Domingo de Cañas, el santo que el tiempo apellidará de Silos, para vivir su peculiar vocación de emparedada, nombre con el que se conoce a las mujeres que voluntariamente se recluyen de por vida en un reducidísimo espacio físico excavado en la montaña de Suso. Su vocación de reclusa Oria, como ella misma reconoce, se la debe a quien fuera su maestra, Urraca: «Io por la su doctrina entré entre padredes».
Así dibuja don Gonzalo la vocación de la jovencita:
«Desamparó el mundo Oria, toca negrada, en un rencon angosto entró emparedada, sofrié grant astinencia, vivié vida lazrada, por ond ganó en cabo de Dios rica soldada».
Y éste es el discernimiento de la misma que Domingo Manso hace:
«Entendio el confessor que era aspirada, Fizo con su mano soror toca negrada, Fo end a pocos dias fecha emparedada. Ovo grant alegría quando fo encerrada».
Desde el enclaustramiento de Áurea un ventanuco se abre al oratorio donde es custodiado el cenotafio que guarda los venerandos restos del Santo. Ante él se celebra la eucaristía. La emparedada recibe la santa comunión, así como el escaso alimento diario, a través de esa rendija abierta en el muro de su habitáculo.
Es el poeta de Berceo quien, sirviéndose del testimonio del monje Munio, rima en tetrástrofo monorrimo esta etapa de la vida de nuestra heroína. A lo largo de sus estrofas su autor nos regala la biografía hermosa y entrañable de una mujer que vive y se santifica junto al sepulcro del Pastor de los Distercios, santidad atestiguada por los fenómenos que le acompañan:
«Terçera noche despues de Navidat De Sancta Eugenia era festividat, Vido de visiones una infinitat, Onde parece que era plena de sanctidat».
Así relata el poeta las gracias místicas que el Espíritu Santo derrama en aquella alma privilegiada:
«Vido tres sanctas virgines de grant auctoritat, Todas tres fueron martires en poquiella edat, Agata en Catanna essa rica çiutat Olalia en Melerida ninna de grant beldat Çeçilia fue tercera, una martir preçiosa Que de don Ihesu Christo quiso seer esposa».
Ellas acompañan a la santa emparedada, reclusa le llama don Gonzalo, en el paseo que las cuatro disfrutan por el «maravilloso prado celestial» , contemplando así y de antemano lo que espera a quien sirve al Señor. Finalizada la visión, Áurea despierta, mira a su alrededor y, al no encontrar a las tres mártires, «ovo muy mal sabor. Habia muy grande cuyta e sobeio dolor». Sabiéndose agraciada por la bondad de su Señor, no por ello Áurea da «en si entrada a nulla vanagloria». Fiel a su vocación, prosigue con su vida penitente y austera, entregada a la oración litúrgica, a los ayunos y a las vigilias establecidas:
«Siempre rezaba psalmos e façia oraçion. Foradaba los çielos la su devoción».

Once meses transcurren en esta situación de sufrimiento, que no de desolación. Don Gonzalo lo atestigua con total claridad, describiendo lo que es la auténtica experiencia mística:
«En esi mes onçeno vido grant vission, Tan grande commo las otras las que escritas son: No se partia Dios de ella en ninguna sazon».
A media noche, Gonzalo lo relata, Oria recibe la visita de tres innominadas vírgenes que le advierten de la inmediata llegada de Santa María, amonestándole para que, somnolienta y fatigada como todavía está, salga al encuentro de quien es madre de Cristo. Y le previenen: «Seras mal acordada si façes otra cosa». El encuentro entre Áurea y la Gloriosa, que así piropea don Gonzalo a la Virgen, viene descrito por el autor de estos versos en términos tiernos y amorosos. La Virgen atiende a las preguntas de Oria. Y cuando esta pide que la Señora le de prueba de que será salvada, la Virgen le responde:
«Esto ten tu por signo por çertera señal: Ante de pocos días enfermaras muy mal Seras a pocos dias desti mundo pasada. Iras do tu cobdiçias a la silla honrada».
En efecto, tal y como en la visión la Virgen dijera, la enfermedad hace presa en aquella naturaleza santa, si bien debilitada y enferma. Y en la noche del 12 al 13 de marzo, Áurea de Villavelayo, a los 27 años de edad, entrega su alma al Creador:
«Alzó ambas las manos, juntolas en igual, Commo qui riende gracias al buen Rey espiritual: Çerro oios e boca la reclusa leal: Rindió a Dios la alma, nunca mas sintió mal».
De nuevo tomamos prestadas las palabras de fray Serafín Prado:
«El cuerpo virginal fue sepultado en un hueco de la roca, junto al altar de la Gloriosa; años más tarde pusieron a su lado el de su madre Amuña, Nuestra Madre Santa Amunia, como se complacen en llamarla los cronistas emilianenses. Las reliquias de la una y de la otra fueron trasladadas al monasterio de abajo, El Escorial de La Rioja, el año 1609. Algunas fueron llevadas a Villavelayo, su pueblo natal. Después de la muerte se apareció a su madre y le dijo que Dios le había colocado en el coro de los Inocentes. Y es que Áurea tuvo alma inocente, alma de lirio, de lirio riojano».

De nuestros mayores el ejemplo y el fervor La espiritualidad emilianense ve en Potamia y Áurea dos arroyuelos nacidos del venero poderoso de vida cristiana que es Millán de Suso. Ambas llegan enamoradas por la música del pastorcito que se quedó para siempre resonando en su Valle. Dos riachuelos, en efecto, que discurren al reparo del ejemplo y magisterio del Santo. Bajo su manto protector, Potamia y Áurea se cobijan en espera de la resurrección gloriosa de sus cuerpos santos.
Fiel intérprete de esta vocación de eternidad, la comunidad emilianense, deseosa de que su preciada y preciosa herencia sea venerada y celebrada por quienes al monasterio de Yuso se acercan, decide allá en mediados del siglo XVIII inmortalizar la memoria de estas santas en dos tallas preciosas. En la actualidad forman parte de la impresionante colección de Santos Emilianenses que se venera en los altares adosados al prodigioso trascoro, obra de Francisco de Busou, realizada hacia 1676.
Potamia, la santa llegada de las Galias, ocupa el centro del retablo del altar de la izquierda. El escultor, que bien pudiera ser Juan Pascual de Mena, la representa, en evidente anacronismo, lectora de un volumen que contiene la Regla de San Benito. En la parte superior del retablo, en el ático, se contempla al arzobispo Braulio, el autor de la biografía de san Millán, tantas veces copiada y vuelta a copia en los códices monacales, fuente clara de la que Berceo bebe sus noticias.
En el de la derecha ocupa el centro santa Oria, bellísima talla que tiene como sencillo y, a la vez, devoto antecedente, la miniatura «S. Auria Virgo monialis huius domus» del grabado hecho por Matthäus Greuter en el año 1608. Le acompañan los dos símbolos de su vida espiritual: la columna por la que «suben las almas que son aventuradas», y la colomba, la paloma que portan las tres mártires que vuelan junto a Oria hasta refugiarse a la sombra del Señor. Queriendo subrayar el vínculo que mediante san Millán une a la santa riojana con el maestro Felices, este queda alojado en la hornacina superior del retablo.

Esta es parte de la herencia que de nuestros mayores recibimos. Por fidelidad a ellos y por el valor intrínseco de la misma, los Amigos de San Millán deben estar siempre eficazmente vigilantes para conservarla y, a la vez, transmitirla en toda su perfección a quienes les sucedieren en la empresa de la que hoy están enamorados, y por la que se esfuerzan y trabajan incansablemente.
José Manuel Bengoaa, OAR

Compartir artículo en:
Scroll al inicio